variedad de jueves polar

En Canarias estamos pasando la peor ola de frío de los últimos 35 años. Yo entiendo que escribir Canarias, peor y frío en la misma frase es como para que se revuelquen por los suelos de la risa. Pero en serio, hace frío y aquí no estamos preparados para esto. No hay calefacción ni en las oficinas y en la mía hoy había gente trabajando con las chaquetas y los abrigos puestos. Esta mañana incluso, de pura desesperación, intentamos poner el aire acondicionado en modo calor, pero resulta que no tiene bomba de calor, sólo de frío. Lo malo son las corrientes de aire que tenemos dentro de la oficina.

En realidad esto no supone más que un buen puñado de resfriados, muchos mocos, mucha tos, colas larguísimas de gente subiendo al centro de la isla en coche para ver la nieve y la alegría y alborozo de los periódicos locales, que ya tienen entretenimiento. Iba a enlazar alguno de ellos, pero el único que tiene una página web decente tenía una portada tan sensacionalista que daba ganas de vomitar y decidí boicotearlo por hoy.

Tampoco me convence mucho la idea de quejarme esta semana de algo, porque al mismo tiempo es difícil quitarse la tragedia que están viviendo en Japón de la cabeza. No he querido escribir nada sobre ella porque no tengo ni idea, no me fío de nada de lo que leo y creo que la opinión que pueda tener no importa un carajo, así que estoy mejor calladita. Sólo diré que estoy muy triste por todas esas personas que han perdido la vida, sus casas o a sus seres queridos y que ojalá las cosas no empeoren aún más.

Es verdad que esto ha hecho que no tenga muchas ganas de escribir durante estos días. Claro que las tragedias se van sucediendo cada día sin que nos impidan hablar de otras cosas, tan acostumbrados como estamos a que les pasen a los demás. En fin, estoy bastante espesa hoy y sé que si sigo por este camino voy a terminar por borrar todo de nuevo, así que voy a intentar cambiar de tema.

Este pequeño personaje va creciendo y mañana cumple 21 meses. Sigo sin saber si está bien que una madre hable de su hijo, pero como al mismo tiempo monopoliza prácticamente todos mis pensamientos y (pre)ocupaciones diarias, sería un poco absurdo no hacerlo. Diego está hecho un terremoto, muy tranquilo no salió, no. No para un segundo, habla hasta por los codos y sus ocurrencias son una fuente de diversión inagotable.

Por la noche tenemos que esperar una hora entre que le damos la cena y que podemos acostarlo y, como suele estar ya agotado, normalmente le ponemos un rato los dibujos y los vemos con él para que se relaje y descanse un poco. No vean qué experiencia es ver los dibujos de hoy en día. Pocoyó tiene toda mi aprobación. Baby Einstein es un rollo insoportable. Barrio Sésamo sigue siendo genial y Diego es fan de Espinete y de la rana Gustavo. La última incorporación es Caillou y, aunque parece que a él le encanta, a mí se me hace cuesta arriba verlo porque tiene unos padres tan panolis que dan ganas de tirarse de los pelos.

Hay más cosas de las que no hablo, más que nada para no escandalizarlos. Ayer todo el mundo se revolucionó con el EP de Burial + Four Tet + Thom Yorke. Yo acabé por ponerme a escucharlo y me aburrió soberanamente, cosa que no sé si se debe a incapacidad por mi parte o que de verdad no es para tanto. Sigo sin soportar a Thom Yorke y sigo sin tener ningún interés en escuchar a Radiohead, lo que no sé si influye.

Me parece mucho más interesante leer algunos artículos aparecidos últimamente, como éste de Fuck me I’m twee, éste de Concepto Radio o éste de Algunos acordes. También una noticia que seguramente le importará a muy pocos lectores de Los latidos, pero que a mí me emociona porque sé lo que representa; saber que un parto vaginal después de tres cesáreas es posible es importante para muchas mujeres. Hay muchos más artículos que debería enlazar, cosas con mucha miga que van saliendo estos días por ahí, pero me temo que mi memoria está al límite y no soy capaz de recordar más ahora mismo. 

En fin. Voy a pensar cómo le explico esta tarde a la chica de la biblioteca que Diego le arrancó una pestaña a uno de los libros que teníamos en préstamo en los míseros cinco minutos que le quité la vista de encima, aunque tengo que reconocer que esa pestaña en concreto estaba mal hecha y que él todavía no controla su fuerza (y tiene mucha, como para arrastrar una maleta de 11 kilos por el aeropuerto él solo. Con ruedas, claro). Vamos, que la culpa es mía por no haberlo vigilado mejor y que me merezco la multa que tenga que pagar.

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